Cine Mudo Latinoamericano.

Hasta principios de la década de 1930, la mayor parte de la producción local en Latinoamérica eran documentales que reflejaban la sociedad del momento, especialmente la de la aristocracia en las ciudades modernas con su moda, su poder y su lujo y, por otro lado, la espectacularidad del paisaje rural. Hasta la I Guerra Mundial las películas de ficción eran rodadas principalmente por la industria francesa e italiana, siendo especialmente populares los melodramas y las estrellas italianas. Después de la guerra aumentó la influencia de Hollywood, que llegó a dominar los mercados locales. Los directores hispanos no podían competir de forma eficaz con la integración vertical y los abundantes medios de producción de Hollywood, aunque lograron mantenerse en el mercado con películas de ficción históricas, localizaciones reconocibles y argumentos basados en la canción, el baile y la literatura popular. De esta época cabe destacar en Argentina a José A. Ferreyra con La muchacha del arrabal (1922), en México a Enrique Rosas con El automóvil gris (1918) y en Brasil a Humberto Mauro con Labios sin besos (1930). La llegada del sonido fue recibida por los directores latinoamericanos con optimismo. Esperaban que asestase un golpe mortal a la producción extranjera al permitir acercar la canción y los valores de su cultura a las audiencias locales.

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