Cine Sonoro Latinoamericano

Realmente estas esperanzas no se vieron cumplidas, ya que la llegada del sonido más bien reforzó la posición en el mercado de la producción procedente de Estados Unidos. Aunque sí permitió un cierto desarrollo de las industrias cinematográficas de México, Argentina y, en menor medida, de Brasil, el coste y la sofisticación de las nuevas tecnologías no estaban al alcance de la mayor parte de los países más pobres de esta región, que necesitaron muchos años hasta poder doblar las películas a su lengua nacional. Entre 1930 y 1950, el gran éxito del cine sonoro lo constituyeron los musicales, las comedias y los melodramas históricos y costumbristas. La música era algo fundamental: el tango en Argentina, la samba y la chanchada en Brasil y las rancheras, el bolero y los ritmos importados del Caribe (rumba y mambo) en México. Las producciones de los estudios argentinos y especialmente de los mexicanos se hicieron famosas en el mundo de habla hispana. Las estrellas mexicanas (los cantantes Jorge Negrete y Pedro Infante, el músico Agustín Lara, los cómicos Cantinflas y Tin Tan, las diosas de la pantalla Dolores del Río y María Félix) fotografiadas por el gran Gabriel Figueroa y dirigidas por Fernando de Fuentes (Allá en el Rancho Grande, 1936), Emilio Fernández (María Candelaria, 1943), Roberto Gavaldón (La otra, 1946), entre muchos otros, llegaron a formar parte integrante de la cultura popular latinoamericana. Estas producciones, de gran dinamismo en las décadas de 1930 y 1940, se quedaron obsoletas en la década de 1950, por lo que los directores jóvenes comenzaron a buscar formas diferentes de expresión.

En la década de 1960 apareció un movimiento conocido como el ‘nuevo cine’ que fue ganando en fuerza y coherencia. Este movimiento intentaba captar la realidad social cotidiana con un tipo de filmación artesanal, flexible y económica y estaba impulsado por un deseo utópico de modernidad y cambio social que se reflejaba en el entusiasmo inicial por la Revolución Cubana. Entre los principales realizadores de esta época cabe destacar en Brasil a Glauber Rocha, Nelson Pereira Dos Santos y Ruy Guerra; en Cuba a Santiago Álvarez y Tomás Gutiérrez Alea; en Argentina a Fernando Birri y Fernando Solanas; en Chile a Miguel Litín y Raúl Ruiz; y en Bolivia a Jorge Sanjinés. Películas típicas de este periodo son Los fusiles (1963), de Guerra, Memorias del subdesarrollo (1968), de Alea, y La hora de los hornos (1968), de Solana.

En la década de 1970 se fue extinguiendo el entusiasmo revolucionario de la década de 1960 a medida que una ola de dictaduras militares fue barriendo Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina, obligando a muchos directores a readaptarse a las condiciones más duras del exilio. Sin embargo, el cine se benefició de un mayor apoyo por parte del Estado en Brasil, Cuba, México y los países andinos. Algunos realizadores continuaron su postura de oposición de la década anterior, pero la gran mayoría consiguió disfrazar su crítica social dentro de géneros mas generales con una aceptación popular asegurada, como las películas de suspense, las comedias y los melodramas de trasfondo político.

En la década de 1980 surgió en esta región un movimiento de democratización caracterizado por una reducción de la censura y un mayor apoyo estatal, del que pudo beneficiarse la industria cinematográfica de ciertos países, especialmente Argentina y Brasil. Entre los numerosos directores de esta década con éxito a nivel nacional e internacional se encuentran en Argentina, María Luisa Bemberg (Camila, 1984) y Luis Puenzo, cuya película La historia oficial ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 1985; en Brasil, Ana Carolina, Tizuka Yamasaki y Suzana Amaral; en Perú, Francisco Lombardi con La boca del lobo (1988); y en Venezuela, Román Chalbaud, Clemente de la Cerda y Fina Torres. Los directores surgidos en la década de 1960 también rodaron en esta década importantes proyectos como Sur (1988) de Fernando Solana.

Actualmente se aprecia en el continente latinoamericano una corriente neoliberal que anuncia una menor presencia del Estado y en la que las inversiones en la industria cinematográfica están consideradas como un lujo prescindible. Todas las industrias han sufrido, especialmente la brasileña. El gran éxito de principios de la década de 1990 se circunscribe al cine mexicano que, estimulado por la combinación acertada de fondos privados y del sector público, ha producido éxitos de taquilla internacionales como Danzón (1991, María Novaro) y especialmente Como agua para chocolate (1991, Alfonso Arau). La industria global del espectáculo mantiene un estrecho control sobre la iniciativa local. Las últimas cifras en Argentina, que dispone de una de las industrias cinematográficas nacionales más fuertes, muestran que en 1994 de 171 películas estrenadas en cines comerciales, el 64% eran estadounidenses y sólo el 4,5% argentinas. En la industria del vídeo, el 82,9% de los títulos eran estadounidenses y los canales terrestres y por satélite emitían en su mayor parte películas de esta nacionalidad. Pero, incluso en un mundo que tiende cada vez más a la globalización y la estandarización, todavía existen formas de conservar y enriquecer las diferencias culturales, como revela el éxito del colombiano Sergio Cabrera La estrategia del caracol (1993). Sin embargo, aunque los realizadores latinoamericanos se estén viendo forzados, por problemas financieros y de mercado, a adoptar la lenta y metódica ‘estrategia del caracol’, aún quedan muchas historias interesantes y artesanales que pueden ser contadas.


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