Cine Japonés

Cine japonés, evolución histórica del cine en Japón. El cine llegó al Japón en 1896, con las primeras exhibiciones públicas de los sistemas inventados por los hermanos Lumière y por Thomas Alva Edison. Pero no se formaría una verdadera industria cinematográfica hasta 1908, año en que se realizaron películas, basadas en obras del estilizado teatro dramático tradicional, el kabuki, en el que los papeles femeninos son interpretados por hombres. Hasta 1916, las películas japonesas no aportaron innovaciones técnicas dignas de tener en cuenta, constaban de una sola toma por escena, y en consecuencia a los actores se los veía desde un único punto de vista y en un plano general. El único actor conocido de este periodo fue Onoue Matsunosuke, que trabajó para Makino Shozo, director de la productora Yokota. En las películas se mantuvo el empleo del narrador (el benshi), del teatro tradicional, para explicar y comentar la acción, la historia, práctica que había sido abandonada en Occidente en las exhibiciones de los primeros nickelodeones (cines primitivos).

En 1916 se importaron por vez primera películas estadounidenses y una serie de cineastas, encabezados por Kaeriyama Norimasa, empezaron por dar a actrices los papeles femeninos, al modo del cine de Occidente, con un estilo naturalista, y el empleo de planos en las escenas. A comienzos de la década de 1920, las productoras Taikatsu y Shochiku produjeron películas ya de estilo completamente occidental, como Rojo no reikon (Almas en la carretera, 1921), en la que aparecía una heroína como Mary Pickford, aunque sin el refinamiento del cine de Hollywood de aquella época.

El terremoto de Tokyo en 1923 destruyó los estudios cinematográficos, y paralizó temporalmente la producción, lo que condujo a un aumento en las importaciones de películas extranjeras, bajo cuya influencia los nuevos directores, como Kenji Mizoguchi, realizarían películas que no empleaban ya el benshi, y se basaban en temáticas más europeas. Directores que estudiaron en Hollywood realizaron comedias de estilo occidental, como las primeras obras de Ozu Yasujiro. Japón también comenzó a realizar un cine vanguardista, al estilo francés, como la película de Teinosuke Kinugasa Kurutta ippeiji (Una página loca, 1926). Kinugasa llevó su Jujiro (Carreteras cruzadas, 1928) en un viaje que realizó a Europa, donde tuvo una gran difusión, y él se interesó por las últimas producciones vanguardistas rusas y alemanas.

También a finales de la década de 1920, las películas japonesas de época y, en particular las de capa y espada, adquirirían un estilo moderno bajo la dirección de Ito Daisuke. Los directores izquierdistas realizaron en sus obras alguna suave crítica social con el pretexto de tratar asuntos de época (películas a las que se llamó de tendencia), estrategia que perduraría en la siguiente década hasta ser suprimida por los gobernantes militares que subieron al poder.

El cine sonoro llegó al Japón un par de años después de que lo hiciera a Europa, en parte por razones técnicas, y en parte porque gran parte del público prefería aún las películas mudas con el benshi declamando sus glosas. Pero pocos años después de la primera película sonora japonesa, la de Gosho Madamu to nyobo (La mujer del vecino y la mía, 1931), la época del benshi pasaría a la historia. La productora Toho se creó en 1936, agrupando a las cuatro principales: Shochiku, Nikkatsu, Toa y Teikine. Entre ellas habían controlado hasta entonces la mayoría de la producción y de la distribución. En la década de 1930 el espectro de temáticas habituales tratadas continuó, pero el cine japonés apostó algo más por el realismo que el cine occidental cuando se trataba de reflejar las vidas de las clases sociales humildes, como en la película de Sadao Yamanaka Ninjo kamifuse (Humanidad y globos de papel, 1937) y en algunas otras. Algunos directores llevaron su estilo personal más lejos, como Kinugasa, que empleaba un montaje ágil, planos breves y tomas novedosos en Yukinojo henge (El disfraz de Yukinojo, 1935 -1936); Hiroshi Shimizu con sus tomas muy largas y con amplios movimientos de cámara como en Arigato-San (Sr Gracias, 1936); y Ozu, con su singular punto de vista sobre el mundo doméstico de la gente común y corriente.

Cuando los militares tomaron el poder en Japón, establecieron leyes de control de la industria cinematográfica, al estilo de las de los nazis en Alemania (véase Cine Alemán), implantaron la censura previa de los guiones, y ejercieron desde el poder una fuerte presión sobre los temas tratados, con la finalidad de estimular una vehemente participación en el esfuerzo que exigía la guerra. Akira Kurosawa, el más conocido de los cineastas japoneses, comenzó su carrera como director haciendo este tipo de películas nacionales, como La leyenda del gran Judo (1943) o La más bella (1944), aunque era posible evitarlo dedicándose al cine de época, como hizo Mizoguchi. El número de productoras se redujo a tres y la producción disminuyó hasta situarse en unas 100 películas al año.

Tras la guerra, las autoridades de ocupación aliadas destruyeron la mitad de las películas producidas durante la contienda, y prohibieron también la producción de películas de época durante dos años. A muchas de las principales figuras de la industria se les prohibió trabajar y sólo se hicieron 10 largometrajes en 1945. No obstante, la producción pronto alcanzaría los niveles de antes de la guerra —unas quinientas películas al año y más de mil millones de espectadores—, niveles que se mantendrían hasta la década de 1960.

En la década de 1950, las películas japonesas irrumpieron en el mercado internacional por vez primera, comenzando por Rashomon (1950), de Kurosawa, que recibió el Oscar de Hollywood y el premio del Festival de Venecia en 1951. De hecho algunas de las películas de Kurosawa tuvieron una gran influencia en la industria estadounidense. Las series de monstruos de ciencia ficción que comenzaron con Godzilla (1964, Iroshino Honda) tuvieron más aceptación en occidente. Los problemas sociales y morales fueron temas tratados por nuevos directores como Kon Ichikawa con El arpa birmana (1956) y Masaki Kobayashi con Ningen no joke (La condición humana, 1959-1961). Japón tuvo el equivalente de la nouvelle vague francesa a comienzos de la década de 1960 y por razones semejantes. La productora Shochiku respaldó la realización de una serie de películas baratas de nuevos directores jóvenes, entre los que estaban Nagisa Oshima, Masahiro Shinoda y Yoshida Yoshishige. De éstos, Oshima realizó los experimentos estilísticos más arriesgados en películas como El ahorcamiento (1968) o Diario de un ladrón de Shinjuku (1969). Los tres directores abordaron temas tabúes, como por ejemplo el trato de los coreanos en Japón, por lo que sintonizaron bien con los jóvenes espectadores.

Pero al mismo tiempo, la televisión hizo finalmente su eclosión, y el cine sufrió un serio declive, cayendo en la década de 1970 en un 80%; y aunque se produjeron 340 películas en 1978, las tres cuartas partes eran pornografía. Desde entonces, las películas estadounidenses dominan la taquilla japonesa. El gobierno instauró una ayuda a la producción de calidad en 1972, aunque esta medida ha supuesto una oportunidad para los nuevos cineastas, no ha detenido la decadencia, que continuó en la década de 1980, en la que los principales estudios paralizaron prácticamente su producción. Los nuevos directores trabajan en su mayoría para pequeñas productoras independientes, con algunos resultados notables como La balada de Narayama (1983), o El señor de los burdeles (1987), de Shohei Imamura; Tampopo (1988), de Juzo Itami; o Tetsuo (1992), de Shinya Tsukamoto. El mayor éxito comercial de los últimos tiempos ha sido una serie de películas de dibujos animados basadas en cómics japoneses, de una violencia visual estridente, pero estéticamente un tanto limitadas en la animación —como Akira (de Katsuhiro Otomo, 1989). No obstante, la industria japonesa es aún grande si se tiene en cuenta el tamaño del país; en 1994 se vendieron 123 millones de entradas, lo que supuso una facturación —para los distribuidores— de 586.000 dólares.

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